Cena con el Gobernador

Botías nunca tenía prisa por empezar.
—Centremos por el momento todo nuestro interés en esta inquieta sopa de reinas, —dijo Miguel como toda bendición de la mesa—. La velada es larga y encontrará la medida para tratar todos los asuntos que hoy nos conciernen.

Efectivamente, la velada fue larga aquella noche de luna llena, luna de lobos, de enero de 1856. La Sociedad peleaba sin tregua en distintos frentes. Buscaba soluciones a sus problemas. Los retrasos producían la desesperación de los socios, agudizaban la impaciencia de la Junta de Gobierno de la Palentina.

 

Una buena cena, una buena mesa siguiendo los cánones que marcaba la moda
francesa, se transformó en la arena para una lucha medida, casi tibia, pero rotunda.

El León, se dejó aconsejar en esto por Botías a través de su secretario, o quien sabe si recibiendo órdenes directas de una gran amiga de Miguel, Luisa Brizuela. Una mesa cambia los estómagos y el ánimo de quienes se sientan a ella. Para bien o para mal, cada plato ha de conquistar apoyos, dirimir disputas y terminar con la cordialidad necesaria.

Miguel decidió cambiar el rumbo de la conversación.
—¡Bien! miremos al futuro. Espero sea del gusto de ustedes esta exquisita empanada de codornices a la vitoriana. Mi buen amigo Esteban apreciará un manjar cercano a su Bilbao natal. —Esteban distraído, pedía al mozo que retirara su copa vacía y colocara la correspondiente al nuevo vino que se debía servir—. Veo también que aprecia el buen vino de Rioja. ¡Querido Esteban, le hemos alabado el gusto!

Miguel presionaba para conseguir más información sobre una carta de Mr. Alcock que Esteban defendía como privada.

 

Esteban sentía ganas de dar un puñetazo en la mesa aun a riesgo de provocar un choque de porcelanas y cristales.

 

En el momento justo, el buen negociador sabe detener la tensión, ofrecer otro punto de vista, agradar en el descanso antes de la próxima batalla. Y Miguel lo era. Acompasar el mantel con su rabia no era algo sencillo esa noche. A pesar de ello, el baile de platos y la teatralidad del servicio estuvieron sin duda al lado del palentino.

—En estos cuatro años, han sido muchas y buenas las transformaciones realizadas. Pero ¡aquí seguimos, caballeros, arrastrando promesas! ¡El ferrocarril no llega señores, no llega! Y en palabras de Don Ramón Pellico, es algo de necesario alcance por estas tierras. ¡Imprescindible diría yo!
Se produjeron murmullos y comentarios que Botías dejó volar libremente. Apuró la copa y llenó su boca con un trozo de empanada en meditado silencio. «Hay que darles tiempo» pensó. Llegó el siguiente servicio: trucha rellena. Un aroma a laurel y tomillo inundó la mesa. Al enfilar los tenedores sobre el crujiente pescado, asomó en su interior el brillo blando de las cebolletas con manteca. «Bravo», hubiera sido el clamor escuchado ante la puesta en escena gastronómica, si no fuera por la gravedad del tema que Botías acababa de introducir. «Bravo» decían los ojos de estos caballeros que se llamaban amigos, ante el paisaje fresco de lechuga dispuesta en ensaladeras. «¿A qué discutir si delante de sus paladares encontraban tal calidad de manjares?», ¡ah!, estos entusiastas de la buena vida y de todo aquello que la favorezca.

Cuajan en esos años del siglo XIX los vapores de los guisos. Hierven recetarios privados que pasan de casa en casa. Espolvorean su aroma los restaurantes abriendo sus cocinas a las demandas de una nueva sociedad burguesa con nuevos gustos. Se entintan libros de recetas que recogen una renovada tradición: la comida como momento para mostrarse en público, dialogar, negociar, o ¿por qué no? conspirar.

Toda palabra es válida sobre un mantel blanco, siempre y cuando los platos acompañen los sentidos.

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