El color de la novela

La caja roja es un pequeño objeto que teje una relación entre aquellos acostumbrados a los caminos diarios, a la vida que es vida, al respeto, al orgullo, como siempre ha ocurrido. La caja es un descubrimiento. Al abrirse desvela con su secreto una intimidad apenas antes conocida. Un objeto cerrado y cotidiano, fuente infinita de apertura interior.

La caja roja  es una vagoneta, una “chapa”, que comienza a salpicar el Valle cuando aparecen “los otros” con la intención de acercar el progreso a sus bolsillos. No quieren romper el equilibrio pero su huella es imprimida con fuerza sobre el terreno, rompiendo con ello la geometría calmada de los que habitan en sus casas desde generaciones.


La caja roja  es lo que abarca y sostiene el paisaje del Valle y su relieve. Es una gran bolsa rojiza que lo recorre. Una bolsa de hierro, carbón y otros minerales, una caja profunda  sin pertenecer  a este mundo.

Sobre estos símbolos camina sin rumbo una situación política y económica nada fácil: guerras pasadas aun recordadas como amenaza, nuevos conflictos complicados por cambios políticos radicales y en ocasiones revolucionarios.
Se crea un ambiente ficticio de progreso al rebufo de Europa, aprendiendo de otros países  con una industria impaciente pero pujante. El dinero corre más que las ideas, se busca el riesgo, sin querer comprender a quienes  no quieren  sus empresas. Las grandes familias, agricultores, bancos… todos pueden verse invitados a estas nuevas sociedades.

El campo también sufre. Atraviesa una pequeña edad de hielo, irrumpen nuevos tejidos dando fin a economías de siglos. Hay hambre, hay injusticia. Mucha paciencia del que sabe que poco puede hacer.

A pesar de las dificultades se abre paso la vida, como siempre lo ha hecho. Con fuerza, mostrando la necesidad de amar, de no sentir la soledad, de buscar un encuentro  que ayude a olvidar el pasado y mirar a un futuro mejor.
Y todo ello en medio de un paisaje buscado. Un paisaje que se alza como protagonista. Lleno de colores brillantes enlazados en figuras geométricas mareantes de aroma. Bosque convertido en refugio de sombra siempre en movimiento.

Tan solo cinco años entre 1841 y 1845. Un periodo importante cuyas transformaciones han dejado un camino posible de recorrer en el paisaje, han dejado una huella imborrable y reconocible en cada rincón del Valle y en cada hogar vivido por sus gentes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *