La caja roja

Han pasado años malos, inviernos duros. Muchos marcharon dejando atrás casas y cultivos. Los que quedaron lo hicieron manteniendo la fe en su tierra, sacrificando todo por no perder ni un surco de esta.

No se hacen a la idea de lo que significa una fábrica. Jamás quemarían su tierra quedándose sin el sustento, la tierra no está para eso.“¿ Qué guerra nos traerán?”.

Cegados por la ambición y el poder prometido comienzan a instalarse entre vecinos del Valle, trayendo consigo nuevos intereses y formas de vida. Crearon los cimientos de un nuevo progreso y el germen de una cultura que rompió con aquella calma fraguada durante años.

Deseos mezclados entre sombras de montaña, robles y ahora   el rojo intenso de carbón incandescente, procedente del centro de la tierra, envueltos de un frío traicionero que nunca tiene prisa por desaparecer.

Mientras unos intentan acomodar lo imposible, exigiéndole a la tierra renunciar a lo que es suyo, otros muestran apego y respeto: saben cuan dura puede ser su venganza. Una casa se construye o se destruye, una fábrica también. Pero la tierra siempre está aquí, lo último que se vende y lo último que se pierde porque tarde o temprano todos volvemos a necesitarla al final de nuestras vidas.

Mapas

Se inclinó sobre la lámina que le mostraba su marido, un pequeño mapa de líneas negras en el que no veía nada. Pero él empezó a leer las condiciones climatológicas de la zona.

 

El paisaje está sin explorar y al margen de los pequeños núcleos de caseríos, la montaña y el bosque son los verdaderos dueños de todo aquello.

 

Se abría un valle dorado, bordeado de grandes robles que escalaban por las suaves laderas, hasta alcanzar en un extremo una cornisa de roca blanca que cerraba el paisaje con sus escarpadas paredes verticales.

Arquitecturas

Levantar el primer horno de la ferrería atraerá a muchos obreros, la mayoría de fuera de la comarca y créanme que muchos de ellos se quedarán.

En un mes les entregaría los planos a escala de cómo quedaría la obra y en un año y medio, si disponían de capital y de los obreros prometidos, estarían levantados los altos hornos que alcanzarían 60 pies de altura con dos chimeneas que rozarían las nubes.

Vecindades

Pasó por delante de la verja de la mina esquivando el trasiego de obreros y vagonetas. Subió por el camino principal salpicado de casas de piedra a ambos lados. Divisó una pequeña iglesia en un alto rodeada de huertas y algunas casas, entre las que bajaba un abundante canal de agua empedrado en su cauce. Giró su montura hacia el camino que marcaba la espadaña decorada con dos campanas bien bruñidas.

A sus pies, en la pequeña plaza observó un grupo de mujeres que bajaban con guadañas y hoces en las manos. Andaban ligeras riendo sin dejar de mirar a aquel forastero que pasaba por delante de ellas envuelto en un color claro.

 

 

 

 

Novela

Queda mucho para que amanezca. Una mujer, una silueta silenciosa baja la escalera consiguiendo que ninguno de los tablones cruja con sus pasos. Las manos entregadas a ajustar la larga trenza en su moño diario, adelantando la cabeza por la barandilla para intentar descubrir puntual el rescoldo en la cocina.

Levanta la vista hacia el pequeño vano de la pared, ni rastro aún del alba, «vamos bien»  piensa, ya se levantan los hombres, sus pasos en el corredor de madera les delatan. Pronto aparecerán desde el fondo de la casa tras atravesar el patio, para recoger la cazuela de barro y buscar asiento a lo largo de la sombra del corral. Pero esos no son los que importan. Alisa el mandil con las manos y se gira bruscamente hacia la puerta, dispuesta a llamar…

 

 

Eva Ramón Reyero  (Madrid, 1964) es licenciada en Historia del Arte, Máster en Documentación y ha cursado estudios de Bellas Artes.

Ha expuesto su obra pictórica de manera colectiva e individual y es la autora del blog  The Aha Moment

La caja roja es su primera novela publicada.